Desertificación: cuando la tierra se enferma
La desertificación es la degradación de la tierra en zonas secas. Es cuando un suelo que era vivo se vuelve pobre, seco y duro y ya no puede sostener plantas, cultivos ni animales como antes. No es que el desierto avance con arena, es que esa misma tierra se enferma por la suma del clima seco y la acción humana.
Un suelo sano funciona como una esponja: tiene minerales, agua, aire, materia orgánica y pequeños organismos, atrapa la lluvia en sus huecos y la entrega poco a poco a las raíces. Un suelo desertificado funciona como una baldosa: sin estructura ni vida, el agua no entra y resbala, el sol lo calienta mucho y nada puede agarrarse. Lo que cambió fue la pérdida de estructura, de materia orgánica, que son los restos de seres vivos que alimentan al suelo, y de su capacidad para guardar agua y nutrientes.
Ocurre donde hay aridez, que es falta permanente de agua, no una sequía de un año. Se mide con el índice de aridez IA = P / ETP, donde P es la precipitación y ETP la evapotranspiración potencial. Si IA es pequeño hay déficit de agua. Son vulnerables las zonas áridas de 0,05 a 0,20, semiáridas de 0,20 a 0,50 y subhúmedas secas de 0,50 a 0,65; por debajo de 0,05 ya es desierto extremo y por encima de 0,65 es clima húmedo sin riesgo.
Las causas forman un círculo vicioso: deforestación, sobrepastoreo que compacta el suelo, agricultura intensiva que agota la materia orgánica, riego malo que causa salinización, erosión que se lleva la capa fértil y cambio climático que sube la ETP. Todo rompe los ciclos biogeoquímicos del agua, el carbono, el nitrógeno y el fósforo: menos plantas, menos fotosíntesis, menos agua guardada y menos cosecha. Por eso el suelo se vuelve duro y polvoriento, cae la producción de alimentos, se pierde biodiversidad y las personas migran. En el balance P = E + R + I, con suelo duro la infiltración I se hace casi cero y aumenta la escorrentía R.