Inmunidad pasiva: defensas prestadas
La inmunidad pasiva consiste en recibir anticuerpos ya fabricados por otro organismo en lugar de producirlos uno mismo. Es una protección prestada: llega de inmediato porque no hay que esperar a que los linfocitos se activen, pero es temporal porque esos anticuerpos se degradan en semanas o meses.
A diferencia de la inmunidad activa, donde el cuerpo tarda días en fabricar sus propios anticuerpos pero crea memoria inmunológica, en la pasiva no hay trabajo propio ni recuerdo. Los linfocitos nunca se activan, por lo que no quedan células de memoria para responder más rápido la próxima vez. La cantidad recibida solo puede bajar con el tiempo según C(t) = C0 e^-k t.
Existen dos formas de recibirla. La pasiva natural va de la madre al hijo sin medicina: IgG por la placenta e IgA por el calostro, que es la primera leche. La pasiva artificial se da por inyección de suero o gammaglobulinas preparados en laboratorio, como la antitoxina tetánica, el antiveneno de serpiente o los anticuerpos contra la rabia.
Su gran ventaja es la rapidez en emergencias. Por ejemplo, un niño no vacunado que se hiere con un clavo oxidado recibe antitoxina tetánica que actúa en minutos, mientras una vacuna tardaría 7 a 14 días. Después la protección desaparece y es necesario vacunarse para crear memoria activa propia.