Inmunidad humoral: anticuerpos que patrullan la sangre
La inmunidad humoral es la defensa adaptativa que actúa con anticuerpos en los líquidos del cuerpo, sobre todo sangre y linfa. Humoral viene de humores, el nombre antiguo de los líquidos corporales, y la linfa es el líquido transparente que baña los tejidos y vuelve a la sangre. No actúa dentro de las células, sino fuera de ellas, donde patrulla día y noche como misiles contra bacterias, virus y toxinas.
Sus protagonistas funcionan como una fábrica de llaves de seguridad. El antígeno es la cerradura del invasor, el anticuerpo o inmunoglobulina es la llave en forma de Y que lo atrapa, el linfocito B es la fábrica en reposo que fabrica un solo tipo de anticuerpo, la célula plasmática es la fábrica en modo turbo que lanza miles por segundo, la célula de memoria B guarda el plano por años y el linfocito T ayudante es el supervisor que autoriza producir.
El proceso tiene cuatro pasos: vigilancia, cuando el B detecta el antígeno con sensores anclados; autorización del T ayudante para evitar errores; multiplicación en un clon de copias idénticas; y ataque, cuando las células plasmáticas liberan anticuerpos solubles a la sangre. Una vez unidos, los anticuerpos no siempre matan directo: neutralizan tapando virus y toxinas, aglutinan pegando microbios, opsonizan marcándolos para comer y activan el complemento, un grupo de proteínas de la sangre que perfora al microbio.
Existen cinco tipos de anticuerpo con la misma forma de Y pero distinta base: IgM primera y rápida en sangre, IgG la más abundante que neutraliza y cruza la placenta, IgA de mucosas, saliva y leche materna, IgE contra parásitos que causa alergia e IgD que ayuda a activar al B. La memoria explica las vacunas: la respuesta primaria tarda 7 a 10 días, pero la secundaria es rápida, fuerte y larga. Por eso, tras la vacuna del tétanos, la memoria B produce IgG en horas que neutraliza la toxina y los fagocitos limpian los complejos.