Aspectos Económicos del Oncenio de Leguía
Entre 1919 y 1930 Augusto B. Leguía gobernó once años seguidos, periodo conocido como Oncenio. Su promesa fue la Patria Nueva: un Perú moderno y rico, con grandes avenidas, carreteras e irrigaciones. Esa modernidad fue visible, pero se pagó con plata prestada de Estados Unidos.
El Oncenio no cambió la economía heredada, la profundizó. Mantuvo el modelo primario-exportador: el país vivía de vender materias primas sin transformar como azúcar, algodón, lana, cobre y petróleo. El Estado dependía de los impuestos a esas exportaciones, por eso si el precio mundial bajaba, el Perú sufría de inmediato.
El gran cambio fue quién controlaba esa riqueza. El capital inglés fue desplazado por el capital norteamericano. La Cerro de Pasco Copper Corporation controló el cobre, la International Petroleum Company controló el petróleo de La Brea y Pariñas, y bancos como J.P. Morgan prestaron millones al Estado. A esto se le llama dependencia: quien te presta, manda sobre ti.
Para mostrar progreso, Leguía disparó el gasto público con empréstitos, que son préstamos gigantes del Estado a bancos extranjeros. Así financió la Carretera Central, la Panamericana, la Lima moderna con Plaza San Martín y Avenida Arequipa, y las irrigaciones de Olmos, La Chira e Imperial. Creó el Banco de Reserva del Perú en 1922 para ordenar la moneda y dictó en 1920 la Ley de Conscripción Vial, que obligó a hombres de 18 a 60 años a trabajar gratis en carreteras y fue llamada mita republicana.
La fórmula era pedir más para pagar lo anterior: Deuda = Préstamos + Intereses. Mientras Estados Unidos prestaba, todo funcionaba. En 1929 cayó la Bolsa de Nueva York y empezó la Gran Depresión, se desplomaron los precios del azúcar, algodón y cobre, entraron menos dólares y se cerró el crédito. El Estado ya no pudo pagar sueldos ni deudas y Leguía fue derrocado en 1930, dejando la deuda como herencia. Por eso se dice que el progreso fue artificial.