Sistema inmunológico: defensa del cuerpo
Tu cuerpo es como un país vigilado o un colegio con seguridad. El sistema inmunológico es su equipo de seguridad: detecta intrusos y los elimina sin dañar a tus células sanas. Avanza de lo simple a lo complejo: primero lo que bloquea, luego lo que ataca rápido y al final lo que ataca con precisión y recuerda.
Todo empieza por distinguir lo propio de lo extraño. Un patógeno es un microbio que puede enfermarte, como virus, bacteria, hongo o parásito. Un antígeno es su marca en la superficie, como su DNI. Tus células sanas tienen marcas propias y el sistema aprende a no atacarlas, eso es la tolerancia.
La defensa tiene tres líneas. La primera son barreras físicas y químicas: piel, mocos y mucosas, lisozima en lágrimas y saliva, ácido del estómago, tos y estornudos. La segunda es la inmunidad innata, rápida y general, que ya tienes al nacer y actúa en minutos u horas con inflamación, neutrófilos y macrófagos, células NK, complemento e interferones. La tercera es la inmunidad adaptativa, lenta, precisa y con memoria, con linfocitos B que hacen anticuerpos en forma de Y y linfocitos T ayudadores y citotóxicos que leen el MHC. Estas células nacen en la médula ósea, maduran en el timo y se concentran en bazo y ganglios linfáticos.
Cuando un linfocito reconoce su antígeno se divide para formar un ejército, es la expansión clonal con N = 2^n, por ejemplo con n = 10 salen 1024 células. Así pasó con la espina sucia: se rompe la piel, hay inflamación roja y caliente, los fagocitos comen bacterias y luego B y T específicos crean anticuerpos y memoria. La memoria inmunológica permite responder más rápido la segunda vez y es la base de las vacunas, que entrenan con el microbio debilitado o un pedazo suyo sin enfermarte grave.