Poder Social en las Sociedades Primitivas
En las sociedades primitivas nadie podía obligar a otros por la fuerza. No existía Estado, ni presidente, ni policía, ni cárceles, ni leyes escritas. Eran grupos pequeños de 50 a 200 personas donde el poder estaba repartido entre todos y la obediencia solo nacía del respeto.
La máxima autoridad no era una persona, sino la costumbre y el tabú. La costumbre es lo que siempre se ha hecho y tiene más fuerza que una ley, mientras el tabú es una prohibición sagrada que nadie cuestiona. A esto se suma la reciprocidad, la regla de dar y recibir, que crea confianza: hoy te ayudo yo, mañana me ayudas tú.
El jefe o cabecilla no tenía derecho a castigar ni a dar órdenes. Solo tenía prestigio porque era generoso, valiente y buen orador. Es como un capitán sin pito: manda mientras ayuda y convence. Si intentaba abusar o quedarse con lo mejor, todos dejaban de hacerle caso. Por eso compartía la influencia con el consejo de ancianos, que guardaba la memoria, con el chamán, que curaba y hablaba con los espíritus, y con la asamblea de todos.
Las decisiones importantes se tomaban en grupo, en asamblea donde todos los adultos podían opinar y se buscaba el acuerdo, no ganar una votación. Si una familia decidía no obedecer, nadie la castigaba. El poder, en definitiva, dependía de dar, no de quitar.