Monarquías absolutas
Las monarquías absolutas fueron reinos donde un solo rey concentraba todo el poder. Nadie podía votar para quitarlo ni anular sus decisiones. Su voluntad era la ley porque decía haberla recibido de Dios.
Una monarquía es un gobierno hereditario dirigido por un rey. El absolutismo es un poder total sin constitución que lo frene. La soberanía, que es la autoridad suprema para mandar, vivía solo en el rey. Con el derecho divino se afirmaba que Dios elegía al rey, y con la centralización todas las decisiones se reunían en el rey y su corte.
El rey se formó paso a paso: debilitó a nobles y parlamentos medievales, creó su burocracia de funcionarios pagados y su ejército permanente de soldados profesionales, aplicó el mercantilismo para acumular oro y plata exportando mucho e importando poco, y controló a la Iglesia con el regalismo. Vivió en un gran palacio como Versalles, con una corte de nobles dependientes de sus favores. Controlaba leyes, justicia final, guerra y paz, impuestos y religión. En teoría solo lo limitaban Dios y las leyes fundamentales del reino, como la herencia del trono.
El modelo perfecto fue Luis XIV de Francia, rey de 1643 a 1715, que dijo El Estado soy yo y no convocó a los Estados Generales. Usó ministros fieles como Colbert, intendentes en provincias y un gran ejército, con la justificación de Bossuet de que era representante de Dios. Otros casos fueron Felipe V en España y Pedro I el Grande en Rusia, todos sobre una sociedad estamental de nobleza, clero y pueblo llano bajo la orden del rey.