Monarquía absolutista en Francia
Entre 1600 y 1789, el rey de Francia concentró todo el poder. Hacía las leyes, dirigía el ejército, nombraba funcionarios y decidía sobre la religión. No había constitución ni parlamento que lo limitara, pues los Estados Generales dejaron de reunirse desde 1614 hasta 1789. La justificación era el derecho divino: Dios había elegido al rey y desobedecerlo era desobedecer a Dios.
Este poder se construyó paso a paso. Enrique IV (1589-1610) firmó el Edicto de Nantes en 1598 para permitir la religión protestante y lograr la paz tras las guerras de religión. Con Luis XIII (1610-1643), el cardenal Richelieu destruyó castillos de nobles rebeldes y les quitó sus ejércitos propios. De niño, Luis XIV (1643-1715) vivió La Fronda, una rebelión de nobles contra el rey, y aprendió a no compartir nunca el poder: El Estado soy yo.
Luis XIV llevó el absolutismo a su punto máximo con cuatro pilares. Con la centralización administrativa creó los intendentes, funcionarios enviados a cada provincia para cobrar impuestos y aplicar leyes. Con Versalles obligó a los nobles a vivir en palacio para vigilarlos y hacerlos depender de pensiones y cargos. Con el control religioso revocó en 1685 el Edicto de Nantes y prohibió el protestantismo para lograr una sola religión católica. Con su ministro Colbert aplicó el mercantilismo, que buscaba acumular oro exportando mucho e importando poco, y creó un ejército permanente de 400.000 soldados.
El sistema se desgastó con Luis XV (1715-1774) y Luis XVI (1774-1792). Mantuvieron el absolutismo pero con guerras caras y crisis de alimentos. La sociedad estaba dividida en estamentos cerrados por nacimiento: clero, nobleza y tercer estado, y solo el tercero pagaba casi todos los impuestos. El descontento creció hasta la Revolución Francesa de 1789.