Restauración europea (1815-1848)
La Restauración europea fue el proyecto político con el que, tras la caída de Napoleón en 1815, las monarquías de Europa intentaron volver al mundo de antes de la Revolución Francesa: monarquías absolutas, fronteras antiguas y control de las ideas nuevas. Su objetivo fue apagar 25 años de revoluciones mediante tres herramientas principales: repartir bien el poder entre los vencedores, vigilar en grupo cualquier brote liberal y aplastar por la fuerza las revueltas. El punto de partida fue el legado de la Revolución Francesa (1789), que había proclamado la soberanía nacional —el poder pertenece al pueblo y no solo al rey— y la obra de Napoleón (1799-1815), que dominó militarmente Europa mientras extendía reformas como el fin del feudalismo, la igualdad ante la ley y el código civil. Tras su derrota (Leipzig 1813, abdicación en abril de 1814 y Waterloo el 18 de junio de 1815), los reyes restaurados quisieron borrar ese ciclo y regresar al Antiguo Régimen, basado en el absolutismo y en los privilegios de la nobleza y el clero.
El instrumento central fue el Congreso de Viena (septiembre de 1814 - 9 de junio de 1815), una gran reunión de diplomáticos y monarcas para reorganizar el mapa europeo. Lo encabezó Klemens von Metternich (Austria), junto con Castlereagh y Wellington (Gran Bretaña), el zar Alejandro I (Rusia), Federico Guillermo III (Prusia) y Talleyrand (Francia), que logró que su país no quedara marginado. El reparto se apoyó en cuatro principios: legitimidad (vuelven las dinastías anteriores a Napoleón, como los Borbones), equilibrio de poder (que ningún estado domine a los demás), compensación (quien pierde territorio recibe otro) y contención de Francia (una barrera de estados fuertes a su alrededor). En la práctica, la legitimidad se aplicó con flexibilidad y conveniencia: Polonia y Sajonia se repartieron sin consultar a sus pueblos. El resultado fueron dinastías restauradas, estados-tapón como el Reino de los Países Bajos y la Confederación Germánica de 39 estados, premios para los vencedores (Rusia, Prusia y Austria) y una Francia reducida a sus fronteras de 1792.
Para sostener ese orden se crearon la Santa Alianza (26 de septiembre de 1815, entre Rusia, Austria y Prusia, con lenguaje casi religioso pero función represiva), la Cuádruple Alianza (noviembre de 1815, acuerdo militar contra un regreso de Napoleón) y el Concierto europeo o Europa de los Congresos, donde desde 1818 las cinco grandes potencias decidían en conjunto: Aquisgrán (1818) reincorporó a Francia, Troppau (1820) aprobó el protocolo de intervención contra revoluciones, Laibach (1821) autorizó a Austria a aplastar la revolución de Nápoles y Verona (1822) autorizó a Francia a intervenir en España. El orden se mantenía con censura, policía política y espionaje, intervención armada, pactos secretos y ausencia de libertades políticas reales.
Sin embargo, la Restauración chocó con dos ideas ya extendidas: el liberalismo, que exigía constitución, separación de poderes y libertades; y el nacionalismo, que reclamaba un estado para cada nación. Las revoluciones de 1820-1821, la de 1830 (independencia de Bélgica) y la Primavera de los Pueblos de 1848, que hizo caer a Metternich, fueron desgastando el sistema, hasta que las unificaciones de Italia y Alemania (1859-1871) enterraron el mapa de 1815. Un caso emblemático es España entre 1820 y 1823: la sublevación de Riego impuso la Constitución de 1812, el Congreso de Verona autorizó la intervención, los Cien Mil Hijos de San Luis restauraron a Fernando VII y comenzó la «década ominosa». Conclusión: la Restauración contuvo, pero no convenció; la represión frena las revoluciones un tiempo, pero no borra las ideas ni las causas que las generan.