Instrumentos de política fiscal
La política fiscal es el conjunto de decisiones del Estado sobre cuánto gasta y cuánto recauda. Para aplicarla dispone de tres instrumentos principales: el gasto público (G), los impuestos (T) y las transferencias (TR). Si ajusta estas palancas, puede animar la economía cuando va lenta o frenarla cuando se recalienta. Sus objetivos habituales son más empleo, precios estables, crecimiento y un reparto de la renta más justo. Una analogía útil es la de un coche: el gasto es el acelerador, los impuestos son el freno y las transferencias son combustible para quien se ha quedado sin él.
El gasto público se divide en gasto corriente y en inversión pública. El gasto corriente paga el funcionamiento anual de los servicios, como los sueldos de médicos y profesores. La inversión pública se destina a bienes duraderos, como carreteras u hospitales. El gasto es demanda directa. Los impuestos son pagos obligatorios sin contrapartida directa. Pueden ser directos, si gravan la renta o la riqueza (IRPF, sociedades, patrimonio), o indirectos, si gravan el consumo (IVA, impuestos especiales). Un impuesto es progresivo cuando quien gana más paga un porcentaje mayor. El IVA, en cambio, tiende a ser regresivo en la práctica. Las transferencias, como pensiones, prestaciones por desempleo, becas o subvenciones, funcionan como un impuesto al revés. Tanto los impuestos como las transferencias actúan de forma indirecta, porque modifican la renta disponible y, a través de ella, el consumo.
Todos los instrumentos se recogen en los Presupuestos Generales del Estado. El saldo presupuestario se calcula como Saldo = T − G − TR. Si es positivo hay superávit; si es negativo hay déficit, que se suele cubrir emitiendo deuda pública; si es cero hay equilibrio. La política expansiva sube G o TR, o baja T, y se usa en crisis; tiende al déficit. La política contractiva hace lo contrario ante la inflación y tiende al superávit.
Los instrumentos pueden ser automáticos o discrecionales. Los estabilizadores automáticos actúan sin decisiones nuevas: en una crisis se recauda menos IRPF y aumentan los subsidios de paro, lo que suaviza la caída del consumo. La política discrecional, como un plan de obras o una rebaja del IVA, exige aprobación y sufre retardos.
Por último, el multiplicador explica por qué la producción crece más que el impulso inicial. Con propensión marginal a consumir c, el multiplicador del gasto es 1/(1−c), el de los impuestos es −c/(1−c) y el de las transferencias es c/(1−c). Con c = 0,8, aumentar el gasto en 100 genera 500 de producción, mientras que bajar los impuestos en 100 genera 400, porque parte de la rebaja se ahorra. El multiplicador del presupuesto equilibrado vale 1. En la realidad los multiplicadores son menores por las importaciones, los impuestos que dependen de la renta y los retardos.