Tejido epitelial: estructura, clasificación y función
El tejido epitelial es uno de los tejidos fundamentales de los animales. Está formado por células muy pegadas entre sí, con muy poca sustancia entre ellas (matriz extracelular), que se organizan en capas continuas para tapizar la superficie del cuerpo, revestir órganos y cavidades y formar las glándulas. Su idea central es la de una barrera: como un empapelado que cubre una pared o un plástico film sobre una mesa, el epitelio separa dos ambientes (el interior del cuerpo frente al exterior, o el contenido de un tubo como el intestino frente al resto del organismo) y controla qué sustancias pasan de un lado a otro.
Estructuralmente, las células epiteliales se apoyan sobre una lámina basal finísima de proteínas y azúcares que las ancla y filtra lo que llega desde abajo. Cada célula tiene polaridad: una cara apical que mira hacia la luz del órgano o hacia fuera (donde puede haber cilios o microvellosidades), caras laterales que contactan con las células vecinas mediante uniones, y una cara basal pegada a la lámina basal. El tejido es avascular: no tiene vasos sanguíneos propios, por lo que se nutre por difusión desde el tejido conectivo vascularizado que siempre hay debajo. Además, se renueva con mucha rapidez gracias a las células madre de la capa basal, que se dividen por mitosis para reponer las células desgastadas por roce, ácidos o fricción.
La clasificación del epitelio se hace con dos preguntas sucesivas. Primero, ¿cuántas capas de células hay? Simple (una sola capa, todas tocan lámina basal y superficie), estratificado (varias capas apiladas, típico de zonas de roce) o pseudoestratificado (parece tener varias capas, pero todas tocan la lámina basal). Segundo, ¿qué forma tiene la célula más externa? Escamosa o plana, cúbica o columnar. Combinando ambas preguntas se obtienen los tipos concretos: simple escamoso en alvéolos y capilares para el intercambio de gases, simple columnar en el intestino para absorber y secretar, pseudoestratificado columnar ciliado en la tráquea para barrer moco, estratificado escamoso en piel, boca y esófagus para proteger, y urotelio en la vejiga por su capacidad de estirarse sin romperse. La regla práctica es clara: si el epitelio deja pasar sustancias, es simple; si recibe golpes y fricción, es estratificado.
Las funciones del epitelio son proteger, absorber, secretar, filtrar, intercambiar gases, recibir estímulos sensoriales y reducir la fricción con líquido lubricante. Cuando se especializa en secretar forma glándulas: las exocrinas, con conducto que vierte su producto a una superficie (salivales, sudoríparas, sebáceas), y las endocrinas, sin conducto, que liberan hormonas directamente a la sangre (tiroides, hipófisis). Las exocrinas se subdividen según cómo sueltan el producto en merocrinas (exocitosis sin dañar la célula), apocrinas (pierden parte del citoplasma) y holocrinas (la célula entera se rompe). Finalmente, todo este sistema se mantiene unido y sellado gracias a uniones celulares especializadas: las uniones estrechas que impiden el paso entre células, los desmosomas y uniones adherentes que sujetan mecánicamente, las uniones comunicantes que permiten el paso de señales y los hemidesmosomas que anclan la célula a la lámina basal. Este tejido es propio de la histología animal; las plantas no lo poseen y cumplen funciones parecidas con la epidermis vegetal y la cera cuticular.