Reformas culturales borbónicas en el Perú
Las reformas culturales borbónicas fueron el conjunto de cambios que la dinastía de los Borbones —reyes de origen francés que gobernaron España desde 1700, sobre todo Carlos III (1759-1788) y Carlos IV— aplicó en el siglo XVIII sobre la educación, la ciencia, el arte, la prensa, el idioma y las ideas del Virreinato del Perú. A diferencia de las reformas políticas o económicas, aquí se trataba de modificar lo que la gente aprendía, leía y pensaba. La Corona buscaba formar súbditos más educados, más útiles al Estado y más fáciles de controlar, siguiendo los principios de la Ilustración: la razón, la ciencia y la utilidad práctica del saber.
Para entenderlo se puede usar una analogía sencilla: imagina que tu colegio tiene un nuevo director que decide que ya no se enseñará lo mismo desde hace doscientos años. Ese director introduce matemáticas, ciencias y dibujo; controla qué libros entran a la biblioteca; exige que se use el español en todos los salones; y cierra el club que no rinde cuentas. Eso hicieron los Borbones con la cultura del Virreinato del Perú: renovar el saber, volverlo útil al Estado y controlarlo.
Esos propósitos se concretaron en tres pasos. Primero, secularizar: que la formación intelectual dejara de depender solo de la Iglesia y pasara también a manos del Estado. Segundo, modernizar: introducir saberes prácticos como medicina, matemáticas, botánica (estudio de las plantas), dibujo, historia natural y derecho. Tercero, unificar y controlar: que todos aprendieran lo mismo, en castellano, y que las ideas peligrosas para la Corona fueran censuradas, es decir, revisadas antes de poder publicarse.
En el terreno educativo, la medida inicial fue la expulsión de los jesuitas en 1767: sus colegios y universidades pasaron al Estado o a otras órdenes religiosas, de modo que la Corona controló la enseñanza. En 1770 se creó el Real Convictorio de San Carlos en Lima, que reemplazó al antiguo Colegio Real de San Martín y formó funcionarios, abogados y clérigos leales a la Corona. Desde 1771 se reformaron los planes de estudio de la Universidad de San Marcos, con más matemáticas, derecho y ciencias. Más tarde llegaron la Academia de San Fernando de Lima (1793), que formó pintores y escultores con criterios artísticos modernos, y el Real Colegio de Medicina de San Fernando (1808), que formó médicos con enseñanza clínica moderna.
En cuanto a prensa, bibliotecas y ciencia, se abrió la Biblioteca Pública de Lima en 1768, primer espacio donde el público podía acceder a los libros. Entre 1790 y 1795 se publicó el Mercurio Peruano, primer periódico científico y literario del Perú, difundido por la Sociedad de Amantes del País (1791), un grupo de criollos ilustrados. Además, expediciones científicas como la de Ruiz y Pavón, dedicada a la botánica, y la de Malaspina (1789-1794) recorrieron el virreinato estudiando su naturaleza. Entre los intelectuales destacaron Hipólito Unánue, dedicado a la medicina y la economía, y Cosme Bueno, geógrafo.
Respecto al idioma y al control de ideas, la Real Cédula de 1770 ordenó difundir el castellano para uniformar a la población, lo que redujo el uso oficial del quechua, el aimara y otras lenguas. Al mismo tiempo, la Corona ejerció la censura: revisaba los libros y las ideas para impedir la circulación de textos contrarios al rey.
Las consecuencias fueron profundas. Surgió una élite criolla culta con ideas ilustradas, pero esa élite pronto descubrió que sabía gobernar sin tener poder, pues los altos cargos seguían en manos de los españoles peninsulares. El criollo empezó a sentirse peruano, un sentimiento que el Mercurio Peruano ayudó a crear. La paradoja final es que las mismas reformas educaron a quienes, años después, liderarían la independencia del Perú.